El amor crece de la semilla de la amistad, del riego constante de la pasión y se desarrolla en la tierra del corazón. Cada palabra cuenta, cada mirada mima esa arraigada floración orgánica, cada suspiro en los hombros de la confianza, un beso en la más certera discusión. Cada regadera que llenas con amor se convierte en nutrientes sentimentales que aseguraran una vida fructífera a ese ser vivo que plantaste.
Cada uno tenemos nuestra planta interior, cada uno portamos una semilla que florece al contacto con la semilla ajena. La búsqueda de dicha floración es difícil y arriesgada, pero solo con el hecho de mirar la planta que ha nacido y ver como esos diminutos resquicios de vida salen a flote gracias al amor que has empeñado en su criado, vale más que todas las lágrimas que has derramado en su plantación.
Yo planté dicha semilla, la cuide, la protegí y ahora, es una bella flor. Tan bonita como ninguna, tan elegante y brillante como el copo de nieve mejor elaborado por la madre naturaleza, esa es la razón de muchos de mis propósitos, y esa planta que cada día miro antes de dormir es la ecuación matemática que hace de sus soluciones los caminos escogidos por mi consciencia para cada día poder decir que esa planta me hace el ser vivo racional más feliz del mundo.
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