lunes, 9 de mayo de 2011

Insólita luz de media noche..

Allí estaba yo, aguardando los últimos segundos de mi último día en aquella bella ciudad. Sentando en el borde de la madrugada, viendo como cada segundo que pasaba, el tiempo se detenía más y más. Mis ojos no eran capaces de percibir imagen en movimiento, mi cerebro adentraba tal placer que el más mínimo haz de luz era procesado lentamente, el más monótono sonido urbano inundaba mis pabellones auditivos y la más ténue luz de las farolas propagaban en mi mente esos lugares de paz en los que mi alma albergaba un cálido suspiro.

Mis cascos proporcionaban la más bella banda sonora que en conjunto con el paisaje presenciado hacía de ese momento algo único. Mi corazón latía apasionadamente y mis ojos ajenos a tal percande abrigaban tal calidez que el brillo en ellos daban lugar al más bello reflejo metropolitano. Edificios antiguos, modernos entresijos en las fachadas, ajenos viandantes que miraban mis rostro de felicidad e imperceptiblemente seguían andando como almas solitarias sin sentimientos.

Una noche de hadas para muchos, un gran pesadilla para otros, esas personas sin hogar, sin la calidez que presta una familia, dormía independientemente en los más inóspitos escondrijos de la ciudad. Con la única compañía de su perro y no más que un trozo de pan y un poco de vino para alimentar su sed de riqueza. Dos caras de una misma ciudad que como el más bellos verso de Quevedo, a veces luz que a veces sombra, mostraban directamente las dos caras en las cuales se sumergía tan bello paraje.

Al cerrar los ojos aún ahora, puedo llevar mi alma a dicho momento en el cual mi mente en fusión espiritual con Praga hizo de mi cuerpo el más bello retrato de una mente iluminada por la satisfacción.

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